Un Obispo Católico enseña…

Católicos y Vida Pública

4ta Edición Revisada

Su Excellencia Thomas J. Olmsted
Obispo de Phoenix

Prólogo por
Arzobispo José H. Gómez
Arzobispo de Los Ángeles

Catholics in the Public Square – 4th Edition

Índice

  1. ¿Cómo definiría una persona laica?

  2. ¿Cuál es la diferencia entre el laico y el clero en la Iglesia Católica?

  3. ¿Cuál es el papel del laico en la Iglesia Católica?

  4. ¿Cómo realizan los laicos católicos su llamado a la santidad?

  5. ¿Cuáles son las responsabilidades principales de los católicos consigo mismos?

  6. ¿Cuáles son las principales responsabilidades de los católicos hacia sus familias?

  7. ¿Cuáles son las responsabilidades del laicado católico en el ámbito público?

  8. ¿Cómo manifiestan los católicos su propia identidad en la vida pública?

  9. ¿Cuál es la diferencia que deben marcar los católicos en la vida pública?

  10. ¿Cómo se debe entender la separación entre Iglesia y estado?

  11. ¿Deberían manifestar los católicos la Doctrina de la Iglesia en el espacio público?

  12. ¿Cómo responde Ud. a las afirmaciones de que los católicos no deben imponer su punto de vista religioso sobre los demás?

  13. ¿Los católicos deberían tomar en cuenta su propia fe al momento de votar?

  14. ¿Pueden los católicos estar honestamente en desacuerdo en asuntos de política, sociales o culturales?

  15. ¿Qué significa que los católicos deben seguir su conciencia al tomar una decisión moral?

  16. ¿Es obligatorio para los católicos seguir lo que el Papa o los obispos afirman en asuntos políticos?

  17. ¿Todos las cuestiones políticas y sociales son iguales cuando de escoger un candidato político se trata?

  18. ¿Existen algunos temas “no negociables” para los católicos insertos en política?

  19. ¿Cuáles son las causas que pueden dejar a los católicos fuera de la Santa Comunión?

  20. ¿Por qué la Iglesia coloca metas tan altas a los católicos?

  21. ¿Los católicos pueden pertenecer o expresar apoyo a los diferentes partidos políticos?

  22. ¿Los obispos y sacerdotes ¿tienen el derecho de intervenir en asuntos políticos, sociales o culturales?

  23. ¿Si los Obispos y Sacerdotes pueden intervenir en asuntos públicos, ¿cuál es la diferencia entre el clero y el laicado en asuntos de política pública?

  24. ¿Qué pueden hacer los católicos para fomentar la justicia en la sociedad?

  25. ¿Cuáles son las responsabilidades de los católicos que son dueños o administradores de empresas respecto de sus trabajadores y la sociedad en general?

  26. ¿Cómo pueden contribuir los católicos con una “cultura de vida”?

  27. ¿Qué medios deben emplear los católicos para manifestar sus convicciones sobre asuntos del espacio público?

  28. ¿Deberían los católicos poner a un lado su fe para trabajar con personas de otras religiones?

  29. ¿Cuáles son las responsabilidades las instituciones católicas en el ámbito público?

  30. ¿Cuál es la mejor manera de combatir la secularización en nuestra sociedad y la mala representación de la fe en el espacio público?

  31. ¿Cómo definiría a un candidato que es un “católico fiel”?

  32. ¿Cuál es la posición de la Iglesia en el tema de la inmigración?

  33. ¿Qué línea deberá trazar un funcionario electo entre su fe y sus obligaciones políticas?

  34. ¿Qué tan serias son las actuales amenazas a la libertad religiosa en los Estados Unidos?

  35. ¿Los empleadores católicos violan la libertad religiosa de sus empleados no católicos uando no proporcionan abortivos o anticonceptivos en sus planes de salud?

  36. ¿Cómo pueden los católicos vivir respetando adecuadamente la creación de Dios?

Prólogo

La enseñanza social católica nos da una visión del mundo como podría y debería ser: el mundo creado como Dios lo quiso.

Arzobispo José H. Gómez de Los Ángeles

Arzobispo José H. Gómez de Los Ángeles

El Evangelio de Jesucristo es la doctrina más radical en la historia de las ideas. Si el mundo creyera lo que Jesús proclamó — que Dios es nuestro Padre y que todos somos hermanos y hermanas creados a su imagen con una dignidad divina y un destino trascendente — todas las sociedades podrían transformarse de inmediato.

Lo que siempre se cruza en el camino del hermoso plan de Dios para la creación, claro está, es el pecado humano y la debilidad. Toda estructura de injusticia social comienza en los corazones de los individuos. Las sociedades no pecan, las personas sí. Entonces, para los católicos, la reforma social significa algo más que generar conciencia, ampliar oportunidades y elaborar nuevos programas. Esas cosas efectivamente son necesarias, pero la verdadera justicia y la paz duradera requieren de la conversión de los corazones y la renovación de las mentes.

La visión católica es espiritual y no política. Antes que nada los católicos pertenecen a la “ciudad de Dios”, y tenemos además el deber de construir la “ciudad del hombre”, corregir las injusticias y buscar un mundo que refleje los deseos de Dios para sus hijos: lo que Jesús llamó el Reino de Dios y los apóstoles llamaron el cielo nuevo y la tierra nueva.

La Iglesia articula principios universales que tienen su raíz en las leyes de la naturaleza y que reflejan la sabiduría que la Iglesia universal ha ganado en más de 2,000 años de servicio a la gente en muchas naciones, realidades culturales, sistemas de gobierno y regímenes económicos.

El motivo y la medida en todo lo que hacemos es nuestra preocupación por promover el florecimiento de la persona humana. En este contexto, nuestros principios nos hacen trabajar por la justicia y el bien común, proteger a los vulnerables y a los débiles, promover la libertad y la dignidad humanas, y preferir soluciones que sean personales, locales y de pequeña escala.

En los Estados Unidos del siglo 21, la Iglesia se enfrenta a una sociedad altamente secularizada y étnicamente diversificada, que ha sido modelada por las fuerzas económicas de la globalización, una mentalidad tecnócrata y un estilo de

vida consumista. Nuestra sociedad está centrada en el propio individuo, con una frecuente preocupación exagerada por los derechos ilimitados del individuo y sus libertades para la autodefinición y la propia invención. La felicidad y el significado en la vida estadounidense están definidos cada vez más por las preocupaciones individualistas, el placer material y el confort. Y vemos muchos signos de que, como personas, nos estamos alejando cada vez más de nuestras comunidades y de nuestros deberes de la vida en común. Con cada vez con más frecuencia vemos que somos menos capaces de tener empatía por aquellos que no conocemos.

El Papa Francisco habla de la “globalización de la indiferencia” ante el sufrimiento y la crueldad en el mundo. Y tiene razón.

En Estados Unidos y el extranjero, la gente de nuestra sociedad globalizada parece tolerar una creciente lista de injusticias y atentados contra la dignidad. Por nombrar solo algunos: el aborto cada vez más difundido, la eutanasia “silenciosa” de los ancianos y los enfermos, políticas de control natal que apuntan a los pobres y a los que “no encajan”, la discriminación racial, la creciente brecha entre pobres y ricos, la contaminación del medio ambiente, especialmente en comunidades pobres y minoritarias; la pornografía y la drogadicción; la

pena de muerte y las escandalosas condiciones de nuestras prisiones; la erosión de la libertad religiosa; el sistema de inmigración quebrado que rompe familias y que origina una subclase que vive permanentemente en las sombras de nuestra prosperidad.

La enseñanza social de la Iglesia “habla” a todos sobre estos temas. Si bien el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, un recurso fundamental, tiene casi 500 páginas, es cierto que nos podemos sentir tentados a segmentar nuestra compasión y trazar líneas de división sobre a quién y a qué debemos cuidar, en medio de un contexto de tantas injusticias cotidianas que claman al cielo.

Por décadas hemos aceptado una “línea equivocada” respecto al testimonio social de la Iglesia: una línea que divide a los que se llaman católicos “pro-vida” con los que se consideran católicos “de paz y justicia”. Esta es una falsa división que además escandaliza a Cristo y a los que dan testimonio fiel de la Iglesia en la sociedad.

Dios no ve el mundo a través de las limitaciones de nuestras categorías políticas de “izquierda” o de “derecha”, de “liberales” o “conservadores”. Él es nuestro Padre y nos ve solo como sus hijos. Cuando uno de los hijos de Dios sufre una

injusticia Él nos alienta al amor y la compasión y a “hacer las cosas bien”. Nuestra preocupación por la dignidad humana y la vida nunca puede ser parcial o a medias. ¿Cómo podemos justificar que defendamos la dignidad de algunos y no de otros o que queramos proteger la creación de Dios mientras le negamos estas cuestiones básicas a algunas de sus criaturas más vulnerables?

En algunos círculos de la Iglesia vemos hoy un regreso a la visión de una “túnica indivisa” o de una “vida éticamente consistente”. Los que la promueven tienen intenciones nobles: quieren que la sabiduría moral de la Iglesia y la pasión por la justicia aporten en un rango más amplio de temas urgentes. Reconocen que el testimonio social de la Iglesia debe estar fundado en nuestra responsabilidad común para defender el don de la vida humana en todas sus etapas y de cualquier condición.

Sin embargo, esta línea de pensamiento puede llevar en la práctica a una especie de relativismo moral que genera serios problemas sociales más o menos equivalentes. Establecer prioridades y marcos para la toma decisiones se convierte en un ejercicio arbitrario, a veces partidista, en el ejercicio del cálculo político.

Un amplio deseo para promover el desarrollo integral de la persona humana lleva a una agenda obvia y crucial de temas como el aborto, la eutanasia, la pena capital, la pobreza global y los temas relacionados de los migrantes y refugiados, y el cambio climático. Cada una de estas realidades de nuestro mundo representa una afrenta a la dignidad humana y amenazan la sustentabilidad del orden social.

Pero la dura verdad es que no todas las injusticias del mundo son “iguales”. Podemos entender esto tal vez mejor con los temas del pasado comparados con los temas del presente. Por ejemplo, nunca describiríamos la esclavitud como uno de los varios problemas de los siglos 18 y 19 en la vida de Estados Unidos. De hecho hay males “menores”, pero eso significa que también hay males “mayores”, males que son más serios que otros. Algunos de ellos llegan a ser tan graves que los cristianos están llamados a afrontarlos como un deber primario.

Entre los males y las injusticias de la vida estadounidense de 2016, el aborto y la eutanasia son distintos y cada uno de ellos es una amenaza. Cada uno es un ataque personal y directo sobre la vida humana inocente y vulnerable. El aborto y la eutanasia funcionan en nuestra sociedad como lo que el Catecismo de la Iglesia Católica llama “estructuras de pecado” o “pecados sociales”.

Ambas prácticas son sancionadas por la ley de la tierra y apoyadas, promovidas, e incluso pagadas, como parte de una política de gobierno. El aborto se ha convertido en una parte de la salud, ampliamente hablando, y en una de las “libertades” de las que presumen los estadounidenses. La eutanasia o el suicidio asistido con médicos están ganando rápidamente casi el mismo estatus. Ambas prácticas son celosamente defendidas por las élites de nuestras sociedades: aquellos que modelan la opinión pública y la moralidad cívica a través del gobierno, los medios y la educación.

Nuestras élites sociales nos dicen que el aborto y la eutanasia son asuntos privados y profundamente personales que al final deben preocupar sólo a los individuos involucrados. Si eso fuera verdad, estos asuntos no serían cuestiones de política pública ni serían sujetos de constante debate y litigio.

Los males y las injusticias cometidos a puertas cerradas siguen siendo malos e injustos y nunca son meramente personales sino que tienen consecuencias e implicancias en nuestra vida juntos. Y la Iglesia está llamada a hablar la verdad y confrontarse con los ídolos del corazón humano y los de la sociedad. Como el Papa Francisco ha dicho: “No es lícito eliminar una vida humana para resolver un problema . . . (Es) Pecado contra Dios Creador: piensen bien en esto”.

Este es un gran desafío para la el testimonio social de la Iglesia en nuestra sociedad, que busca afrontar muchos de sus problemas con la eliminación de la vida humana: no sólo a través del aborto y el suicidio asistido, sino también con la pena de muerte, la investigación con embriones humanos y la anticoncepción obligatoria.

Es esta mentalidad más amplia — a la que el Francisco y otros Papas han llamado “cultura de muerte”— lo que la Iglesia debe afrontar. Por ello el aborto y la eutanasia no son solo dos asuntos entre muchos o solo cuestiones de la conciencia individual. El aborto y la eutanasia generan preguntas básicas sobre los derechos humanos y la justicia social, preguntas sobre el tipo de sociedad y el tipo de personas que queremos ser. ¿Realmente queremos ser una sociedad en la que las vidas de los débiles se sacrifican en pos del confort y el beneficio de los que son más fuertes? Cualquier aproximación que tolere esencialmente el aborto y la eutanasia o que equipare ambos con otros temas, no sólo traiciona la hermosa visión de la enseñanza social de la Iglesia sino que además debilita la credibilidad de su testimonio en nuestra sociedad.

La Iglesia tiene que seguir insistiendo que la injusticia fundamental y la violencia en nuestra sociedad es el asesinato directo de aquellos que aún no han nacido, a través del aborto,

y de aquellos que están enfermos o en el final de sus vidas, a través de la eutanasia y el suicidio asistido. En esta cultura, la Iglesia tiene que insistir en que el aborto y la eutanasia son males graves e intrínsecos: males que son corrosivos y corruptores, males que están en el corazón de otras injusticias sociales.

El aborto y la eutanasia son asuntos sociales “fundamentales” porque si el niño en el vientre no tiene derecho a nacer, si el enfermo y el anciano no tienen derecho a ser cuidados, entonces no hay fundamento sólido para defender los derechos humanos de nadie, y tampoco habría fundamento sólido para la paz y la justicia en la sociedad. ¿Cómo podemos afirmar que hablamos por los marginados y los que están privados de sus derechos si es que permitimos que millones de niños inocentes sean asesinados cada año en el vientre materno? Si no podemos justificar el cuidado de las más débiles e inocentes criaturas de Dios, ¿cómo podemos pedir a nuestra sociedad que resista los excesos del nacionalismo y el militarismo o que afronte la pobreza global o que proteja nuestra casa común en la creación?

En términos más amplios, la Iglesia enfrenta un desafío sin precedentes en los Estados Unidos de este siglo 21. Este es tal vez el signo más perturbador del futuro de nuestra nación:

el incremento de la hostilidad y la discriminación contra las instituciones cristianas y el vilipendio de las creencias cristianas por parte de los gobiernos, las cortes, los medios y la cultura popular. Cada vez más en nuestro país vemos la fe religiosa marginada por ser considerada algo que es “personal” y “privado”. Los católicos y otros creyentes afrontan fuertes presiones para que mantengan su fe sólo para ellos y para que vivan como si su fe no tuviera influencia en cómo viven en la sociedad o en cómo cumplen sus deberes como ciudadanos.

El testimonio social de la Iglesia hoy — todas nuestras obras de misericordia y caridad; toda nuestra defensa de los principios morales y los derechos humanos — se enfrenta ahora a una atmósfera difundida de confusión sobre el significado de la vida humana y el propósito de las instituciones sociales a todo nivel.

Para evangelizar en esta cultura la Iglesia tiene que articular un nuevo humanismo cristiano, una nueva visión de lo humano enraizada en el hermoso plan de amor de Dios para la creación y para toda vida humana. Nuestra nueva evangelización es acogida, querida y defendida, especialmente por esas vidas que necesitan más cuidado y atención, esas vidas que pueden ser consideradas una carga para otras. Nuestra nueva evangelización tiene que buscar una sociedad digna de la santidad y la dignidad de la persona humana, donde nadie es extraño y a nadie se le deja de lado o se le excluya.

Nuestro humanismo tiene que ser más que palabras. Tiene que estar expresado en acciones, en obras de misericordia. Donde sea que la dignidad se niegue o en cualquier lugar donde haya injusticia, estamos llamados a defender la vida. Nuestra sociedad debe saber que, mientras haya cristianos, nunca habrá una razón para que alguien sufra sin esperanza y sin ayuda.

La Iglesia necesita una enseñanza clara y valiente y un testimonio que confronte a los ídolos de un Estados Unidos secularizado y postcristiano. Desde hace varios años, mi amigo el Obispo de Phoenix, Thomas Olmsted, ha sido uno de los más claros y valientes líderes y maestros de la Iglesia. En su ministerio vemos todas las cosas esenciales del nuevo humanismo cristiano que se necesita para nuestros tiempos.

Acojo esta cuarta edición de este muy leído e influyente texto Católicos y Vida Pública. Este libro es una especie de “catecismo de preguntas y respuestas” de algunos de los temas más importantes sobre la fe y la vida pública. El Obispo Olmsted es un guía sabio y prudente y, con el paso de los años, aún sigo aprendiendo de él.

Como él escribe en esta nueva edición: “es nuestro deber insertarnos en la cultura, no huir de ella. Debemos colocar nuestra confianza en el Señor y saber que cumpliendo su voluntad y hablando la verdad en el amor, Dios hará que todo se encamine al bien. Es también obligación de los fieles católicos apoyar tanto con las acciones y la oración a la gente valiente que realiza todo esto”.

Católicos y Vida Pública es una lectura obligatoria para todos nosotros que tratamos de comprometernos con la cultura para proclamar la hermosa visión de la Iglesia para la vida y la sociedad humanas. Rezo para que este libro sea ampliamente leído y vivido.

Su Excelencia José H. Gomez
Arzobispo de Los Ángeles
Marzo de 2016

1) ¿Cómo definiría una persona laica?

Cuando el Papa Juan Pablo II escribió su obra maestra sobre la vida y misión del laicado la tituló “Christifidelis Laici,” los fieles laicos de Cristo. Con este título dejaba claro que la fidelidad amorosa a Cristo es la clave para dar fruto en el Reino de Dios. Esta es una verdad que se aplica a todo cristiano en la Iglesia, no solamente a los laicos. Jesús dijo (Jn 15,5), “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Todo aquel que permanece en mí y yo en él dará mucho fruto, porque sin mí nada podréis hacer”.


Laico es todo fiel católico que no haya recibido el Sacramento del Orden y no pertenezca a cualquier estado religioso aprobado por la Iglesia. A través del Bautismo, el laico es incorporado a Cristo y queda integrado en el Pueblo de Dios. El laico juega un importante papel en la vida y la misión de la Iglesia. (cf Lumen Gentium, #31).

2) ¿Cuál es la diferencia entre el laico y el clero en la Iglesia Católica?

El clero recibe un carisma especial del Espíritu Santo a través del Sacramento del Orden Sacerdotal. Como tales, diáconos, presbíteros y obispos “expresan y llevan a cabo una participación en el sacerdocio de Jesucristo que es distinta, non sólo por grado sino por esencia, de la participación otorgada con el Bautismo y con la Confirmación a todos los fieles” (Christifideles Laici, #22)

Los laicos, por su parte, se encargan primariamente de asuntos temporales y como tales tienen una especie de “carácter secular”. El laico debe también involucrarse en asuntos ligados al ministerio pastoral, pero solo en cuestiones que no requieran la gracia propia del Orden Sacerdotal.

3) ¿Cuál es el papel del laico en la Iglesia Católica?

El Papel del laico es de manera especial el de “buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales”. (Lumen Gentium, #31) Como tales, los laicos, hombres y mujeres, se encuentran en una situación única para llevar su fe a todas las realidades de la sociedad.

Debe recordarse sin embargo, que por estar ligados a los asuntos temporales, cada quien a su manera, ellos participan en la misión sacerdotal, profética y real de la Iglesia, en virtud de su Bautismo y Confirmación.

4) ¿Cómo realizan los laicos católicos su llamado a la santidad?

Todo católico recibe de Dios la vocación a la santidad, enraizada en el Bautismo. A fin de responder a este llamado, los laicos, hombres y mujeres, están llamados al “seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren”. (Christifideles Laici, #16)

5) ¿Cuáles son las responsabilidades principales de los católicos consigo mismos?

Los católicos tienen la responsabilidad de aceptar la invitación de Cristo, “Ven y sígueme”. Necesitan someterse amorosamente mientras Él los conduce por caminos de conversión, comunión y solidaridad (cf. Eclesial in America). Igualmente, necesitan formarse a sí mismos en las enseñanzas de la Iglesia para participar activamente en su vida sacramental, y para vivir en coherencia con su fe en Dios. Esta responsabilidad existe para todos los católicos en todos los estados de vida.

Por lo tanto, los católicos deben recordar siempre lo que significa “la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera”. (Christifideles Laici, #64)

6) ¿Cuáles son las principales responsabilidades de los católicos hacia sus familias?

El Matrimonio es el fundamento de la familia. La familia, por su parte, es la célula fundamental de la sociedad. Las responsabilidades del matrimonio y de la familia son por lo tanto, de tremenda importancia, no solo para la Iglesia sino para toda la sociedad.

Las responsabilidades de los hombres y mujeres católicas hacia sus familias no serán nunca suficientemente destacadas “El compromiso apostólico de los fieles laicos con la familia es ante todo el de convencer a la misma familia de su identidad de primer núcleo social de base y de su original papel en la sociedad, para que se convierta cada vez más en protagonista activa y responsable del propio crecimiento y de la propia participación en la vida social”. (Christifideles Laici, #40)

7) ¿Cuáles son las responsabilidades del laicado católico en el ámbito público?

A través de su bautismo, el laicado está llamado a la santidad de vida (es decir a vivir su fe en Dios en la vida diaria). Sus responsabilidades no están limitadas a aspectos de piedad y devoción personales, sino también a la evangelización en todos los aspectos de la vida.

Una persona laica en el ámbito público tiene la responsabilidad particular de vivir su propia vocación en vistas al impacto que puede tener en la sociedad. Por ejemplo aquellos involucrados en el noble arte de la política o el derecho, frecuentemente están en posición de influir en las normas sociales y en asunto de gran importancia, trabajando en propuestas legislativas o procesos judiciales encaminados a preservar los derechos inalienables de todas las personas, derechos que se basan en la ley natural sobre la cual nuestra nación fue fundada.

Del mismo modos, hay otros laicos en el ámbito público que aunque no son funcionarios públicos elegidos o funcionarios del poder judicial, están en posición de poder influir en la sociedad y la cultura. Para estas personas, especialmente aquellas involucradas en cualquier tipo de medios masivos, una parte importante de sus responsabilidades es la de vivir su fe promoviendo el bien común en la sociedad.

8) ¿Cómo manifiestan los católicos su propia identidad en la vida pública?

Los católicos deben ser siempre respetuosos de la dignidad humana de los demás, incluyendo a las personas de diferente credo, o sin credo alguno. Habiendo dejado esto claro, sin embargo, los católicos no deben temer abrazar su propia identidad ni practicar su fe en la vida pública. De hecho, todo fiel recibe un llamado a evangelizar y compartir la buena nueva de Cristo con el resto del mundo.

9) ¿Cuál es la diferencia que deben marcar los católicos en la vida pública?

Hay multitud de maneras a través de las cuales los católicos pueden servir a la Iglesia a través de su aporte en la vida pública. Según cada circunstancia, los católicos están especialmente llamados a contribuir al bien común, a defender la dignidad de todo ser humano, y a vivir como fieles ciudadanos.

En este sentido, el resultado final de lo que suceda está siempre en manos de Dios. El hecho es importante recordarlo cuando un católico se encuentra en una posición de clara minoría e imposibilitado de llevar a cabo el resultado deseable. Es en estas aparentemente desesperanzadoras circunstancias, en las que los católicos ofrecen un testimonio de fidelidad en la vida pública, que Dios frecuentemente utiliza para tocar los corazones y mentes de manera no siempre visible a simple vista.

Es bueno recordar las palabras del Papa Benedicto XVI (Deus Charitas est, #35) “A veces, el exceso de necesidades y lo limitado de sus propias actuaciones le harán sentir la tentación del desaliento. Pero, precisamente entonces, le aliviará saber que, en definitiva, él no es más que un instrumento en manos del Señor; se liberará así de la presunción de tener que mejorar el mundo óalgo siempre necesarioó en primera persona y por sí solo. Hará con humildad lo que le es posible y, con humildad, confiará el resto al Señor”.

10) ¿Cómo se debe entender la separación entre Iglesia y estado?

La separación de Iglesia y Estado es frecuentemente utilizada como excusa para acallar a las personas de fe y desanimarlas a participar legítimamente en el espacio público. La primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, ciertamente no defiende de modo alguno la separación entre Iglesia y Estado, mas bien defiende la protección de la libertad religiosa de sus ciudadanos. La Constitución tiene como objetivo el permitir a toda persona tener voz en el gobierno, incluyendo a aquellos cuya voz es distintivamente religiosa.

En otras palabras, no existe nada en la Constitución que impida a la persona manifestar su fe en el espacio público.

11) ¿Deberían manifestar los católicos la Doctrina de la Iglesia en el espacio público?

Hay ocasiones en las que la intervención de la Iglesia en cuestiones sociales es necesaria. Tal como enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (#510), “La Iglesia interviene emitiendo un juicio moral en materia económica y social, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona, el bien común o la salvación de las almas”.

En tanto que los Católicos están llamados a manifestar su fe y visión religiosa en el espacio público, están también llamados a respetar la libertad religiosa y civil de todos los pueblos. De hecho, la Iglesia siente profundo respeto hacia los gobiernos seculares que asumen esta protección a personas de cualquier credo, lo mismo que a aquellos sin fe religiosa alguna.

En realidad, la Iglesia no impone su doctrina a los demás en el espacio público. Por ejemplo, no existe cualquier tipo de esfuerzo por parte de la Iglesia para obligar al público a asistir a la misa dominical ni a la recepción de los sacramentos. Sin embargo, la Iglesia experimenta una legítima preocupación respecto a los muchos asuntos de importancia social y coloca su punto de vista a fin de proponer soluciones significativas que promuevan el bien común.

12) ¿Cómo responde Ud. a las afirmaciones de que los católicos no deben imponer su punto de vista religioso sobre los demás?

Algunos católicos y otros creyentes se han visto atemorizados hasta el silencio y hasta confundidos por acusaciones de que están imponiendo su moralidad a los demás. Se argumenta que la fe de una persona no debe tener impacto alguno sobre su vida pública.. Esto conlleva al infame síndrome del “Soy católico pero…”! Ciertamente, si la fe personal no impacta en la totalidad de la propia vida, incluyendo las responsabilidades políticas y sociales personales, entonces no se puede hablar de una fe auténtica; sería una impostura, una falsificación.

Una sociedad democrática necesita la participación activa de todos sus ciudadanos, incluyendo al pueblo creyente. El pueblo creyente, el pueblo de fe, se conecta con la realidad en base a aquello en lo que cree, tal como los ateos abrazan asuntos en base a lo que tienen como preciado: luchan por aquello que creen correcto y se oponen a lo que consideran equivocado. Esto no es una imposición sobre la moralidad del otro. Se trata de actuar con integridad. Mas aún, las personas de fe genuina fortalecen todo el tejido moral de un país. El compromiso activo de los católicos en los procesos democráticos es bueno para la sociedad y para su ciudadanía responsable.

13) ¿Los católicos deberían tomar en cuenta su propia fe al momento de votar?

Si se supone que los católicos deben vivir su fe en todas las actividades cotidianas de su vida, es lógico que también lleven en cuenta esa misma fe en el momento de votar. Como se percibe en la enseñanza del Vaticano II, “recuerden, por tanto, todos los ciudadanos el derecho y al mismo tiempo el deber que tienen de votar con libertad para promover el bien común”. (Gaudium et Spes, #75)

Al prepararse para votar, los católicos necesitan comprender su fe de modo que sus conciencias estén propiamente formadas. Además de esta formación, es importante investigar todos los asuntos importantes y los candidatos que se presentan a la elección. Solo luego de suficiente preparación y oración, es que el católico está plenamente hábil para ejercitar sus responsabilidades como buen ciudadano y emitir un voto significativo.

14) ¿Pueden los católicos estar honestamente en desacuerdo en asuntos de política, sociales o culturales?

En el año 2003, La Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó un documento titulado “Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la ta de los católicos en la vida política” que señala la existencia de asuntos políticos en los cuales los Católicos pueden estar en desacuerdo. Hay, sin duda, asuntos sobre los cuales los católicos pueden legítimamente discordar, como los mejores métodos para alcanzar una reforma del bienestar o el referido a la inmigración ilegal.

Sin embargo, hay otro tipo de asuntos que son intrínsecamente malos y nunca podrán ser legítimamente apoyados. Por ejemplo, los católicos nunca deberán promover legítimamente o votar a favor de ley alguna que ataque vidas humanas inocentes.

15) ¿Qué significa que los católicos deben seguir su conciencia al tomar una decisión moral?

Antes de seguir nuestra conciencia, debemos formarla de acuerdo con la voz de Dios. Nuestra conciencia no es el origen de la verdad. La Verdad se encuentra fuera de nosotros; existe independientemente de nosotros y debe ser descubierta a través del constante esfuerzo de la mente y el corazón. No es una tarea fácil para quienes sufrimos los efectos y consecuencias del pecado original, por lo que debemos enfrentarnos siempre a las tentaciones continuas del demonio. La conciencia recibe la verdad revelada por Dios y discierne como aplicarla a las circunstancias concretas.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña (#1783) “Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas”.

Como vemos, formar bien la propia conciencia y seguirla con integridad no es tarea fácil, puesto que la conciencia personal no puede inventar lo que es cierto y lo que es bueno. Los debe buscar mas allá de sí misma. Al actuar correctamente, descubrimos la verdad por gracia del Espíritu Santo y la ayuda de la Palabra de Dios que se nos alcanza por intermedio de la Iglesia. Por ello, cuando sometemos nuestra conciencia a esta verdad objetiva, actuamos de manera correcta y crecemos hacia la madurez en Cristo.

16) ¿Es obligatorio para los católicos seguir lo que el Papa o los obispos afirman en asuntos políticos?

Por el hecho de ser los líderes de la Iglesia, es siempre importante respetar las afirmaciones de la jerarquía de la Iglesia. El papel que cabe al Papa y a los Obispos es el de enseñar con claridad en lo que atañe a asuntos de fe y costumbres, incluyendo aquellos que tienen que ver con asuntos políticos.

Existen algunos asuntos, sin embargo, en los cuales puede un católico discordar con la jerarquía de la Iglesia. En algunos casos, por ejemplo, un católico puede estar de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, pero llegar a un juicio prudente diferente en cuanto a su aplicación.

Ejemplos de este tipo pueden incluir una instancia en la que alguien concuerda con las enseñanzas de la Iglesia sobre la “guerra justa” o la “pena de muerte” pero llega a conclusión diferente sobre si los hechos de la situación constituyen una “guerra justa” o a la “rara” circunstancias en que la pena de muerte pueda ser usada de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia.

Debe ser enfatizado, sin embargo, que a pesar de estos ejemplos, existen otros temas como el aborto o la eutanasia, que son siempre moralmente malos y no permiten cualquier tipo de juicio prudente que los justifique. En estos asuntos nunca será apropiado para cualquier católico, situarse en el lado opuesto al de la enseñanza de la Iglesia.

17) ¿Todos las cuestiones políticas y sociales son iguales cuando de escoger un candidato político se trata?

¡Absolutamente no! La Iglesia Católica está activamente insertada en una amplia variedad de asuntos de política pública de importancia, incluyendo inmigración, educación, vivienda, salud y bienestar, por nombrar algunos cuantos. En cada uno de ellos debemos hacer lo máximo a nuestro alcance por estar informados y por apoyar las soluciones propuestas que nos parezcan las más adecuadas y eficaces. Sin embargo, si se trata de ataques directos a la vida humana inocente, ni siquiera el hecho de estar correctos en todos los otros temas, justificaría una elección errada en este gravísimo asunto.

Según escribió el Papa Juan Pablo II, “se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona”. (Christifideles Laici, #38)

18) ¿Existen algunos temas “no negociables” para los católicos insertos en política?

Hay varios temas que son “no negociables” para los católicos insertos en la vida política, pues envuelven asuntos intrínsecamente malos. En un discurso a los políticos europeos el 30 de marzo de 2006, el Papa Benedicto XVI afirmó: “Por lo que atañe a la Iglesia católica, lo que pretende principalmente con sus intervenciones en el ámbito público es la defensa y promoción de la dignidad de la persona; por eso, presta conscientemente una atención particular a principios que no son negociables. Entre estos, hoy pueden destacarse los siguientes:

  • protección de la vida en todas sus etapas, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural;
  • reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa contra los intentos de equipararla jurídicamente a formas radicalmente diferentes de unión que, en realidad, la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su irreemplazable papel social;
  • protección del derecho de los padres a educar a sus hijos.

Los temas mencionados por el Papa Benedicto son todos “no negociables” y son algunos de los mas contemporáneos en la arena política. Debo notar, sin embargo, que otros temas, aún cuando no sean intrínsecamente malos, merecen ser considerados con mucha oración, temas como la guerra justa y la pena de muerte, asuntos relativos a la pobreza y otros relacionados a la inmigración ilegal.

19) ¿Cuáles son las causas que pueden dejar a los católicos fuera de la Santa Comunión?

Nadie que sea conciente de haber cometido un pecado grave debe recibir la Santa Comunión. Porque la eucaristía es el verdadero Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro don más precioso en la Iglesia. Y como nos advierte San Pablo (I Cor 11,27-29): “Todo aquel que come o bebe del cáliz del Señor de manera indigna, será reo del Cuerpo y Sangre del Señor. Examínese pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo”.

Todos los católicos deben examinar sus conciencias, y abstenerse de recibir la Santa Comunión si no se encuentran viviendo en estado de gracia. Un político católico que al momento de hacerlo, sea abiertamente “pro-aborto” o abortista y persiste obstinadamente en contradicción a nuestra fe, se convierte en fuente de escándalo. En estos y otros caos similares, las medidas mas allá de la persuasión moral, necesitan ser asumidas por aquellos que ejercen el liderazgo en la Iglesia. Como afirma el Señor en el libro del Levítico 19,16) “no permanezcas ocioso cuando la vida de tu vecino esté en peligro”.

Si un político apoya activamente y promueve la expansión de la cultura de muerte, no solo está causando escándalo; está pecando. De manera similar, cuando un político realiza actos (como el de votar) por liberar el aborto o promueve el aborto, o manda la distribución de anticonceptivos por parte de las farmacias y otros, ese político está cooperando materialmente con el pecado grave. Cuando esto ocurre, el político tal no puede recibir la comunión sin acudir previamente al Sacramento de la Reconciliación y hacer una buena confesión. Una buena confesión requiere del dolor por tal pecado y un firme propósito de enmienda. Siendo que el daño hecho sería de naturaleza pública, la enmienda deberá también serlo.

20) ¿Por qué la Iglesia coloca metas tan altas a los católicos?

Las altas metas a las que los católicos (y todos los cristianos) están llamados vienen de Cristo. Las encontramos en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, cuando Jesús dice (Jn 14,15) “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. También al señalar (Mc 8, 34-36) “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo tome su cruz, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?”

Encontramos también en las Escrituras exhortaciones como aquellas de San Pablo a Timoteo en las que escribe (I Tim 4,2-5) “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en el que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio”.

Existen casos en los que los católicos en la vida pública sirven con gran valentía y distinción. Miden las cosas según las altas metas establecidas por Cristo. Hay lamentablemente otros, que obstinadamente persisten manifiestamente en pecado grave, en los que el riesgo de escándalo es inmenso. En asuntos como el aborto, por ejemplo, se trata del asesinato de una vida totalmente inocente, y son por lo tanto malas nuevas tanto para los bebés no nacidos como para sus madres. Es un error horroroso. Es algo intrínsecamente malo.

Tenemos seria obligación de proteger la vida humana, y especialmente las vidas de los mas inocentes y vulnerables entre nosotros. Quien se omita de hacerlo, cuando por el contrario está en condición de protegerla, comete serio pecado de omisión. Colocan en peligro su propio bienestar espiritual y se tornan en fuente de escándalo para los demás. Si en caso fuesen católicos, no deberían recibir la Santa Comunión.

21) ¿Los católicos pueden pertenecer o expresar apoyo a los diferentes partidos políticos?

La Iglesia nunca toma partido ni endosa candidatos políticos. Sin embargo, la Iglesia alienta a los laicos a integrar partidos políticos con el objetivo de dedicarse a promover el bien común.

En este sentido, la educación política y civil se recomienda como muy necesaria para que todos los ciudadanos sean capaces de hacer su parte en asuntos políticos. (cf. Gaudium et Spes, #75)

22) Los obispos y sacerdotes ¿tienen el derecho de intervenir en asuntos políticos, sociales o culturales?

Los Obispos y Sacerdotes no deben participar en la administración p