En cada época ha habido hombres y mujeres que, obedeciendo al llamado del Padre y a la inspiración del Espíritu, han elegido esta forma especial de seguir a Cristo, para dedicarse a Él con un corazón “indiviso” (cf. 1 Cor 7:34). Como los Apóstoles, ellos también han dejado todo para estar con Cristo y ponerse, como Él lo hizo, al servicio de Dios y de sus hermanos y hermanas.
De esta manera, a través de los muchos carismas de vida espiritual y apostólica que el Espíritu Santo les ha concedido, han ayudado a que el misterio y la misión de la Iglesia resplandezcan, contribuyendo así a la renovación de la sociedad.